Los procesos educativos implementados en la época cuando estaba
en la escuela eran bastante represivos y los maestros enseñaban a partir del
miedo, ellos se ubicaban en una posición de poder y por encima de nosotros,
donde la comunicación con ellos no se daba de una forma libre y espontánea,
toda vez que implicaba medir siempre nuestras palabras y la forma como nos relacionábamos
con ellos; los conocimientos transmitidos no se discutían ya que el maestro era
el dueño de la verdad y el estudiante se veía como un contenedor vacío, el cual
debía ser llenado por medio de tareas, llenando cuadernos cada año era una
manera de soportar lo que se “aprendía”; hacer exámenes, escribir dictados y elaborar
planas para mejorar la letra, y donde la escritura fea no podía ser concebida y
admitida por muchos docentes.
Todo esto impedía un sano desarrollo y no teníamos libertad-autonomía
para decidir lo que queríamos y generara interés; nuestra creatividad y forma
de ser era anulada, imponiéndonos formas para ser niños “bien educados”, para
lo cual no podemos olvidar el Manual de Urbanidad de Manuel Carreño, el cual
era un texto obligado en la mayoría de colegios donde el credo religioso era el
católico.

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